Relatos de Red
Por Elizabeth Torres
Las formas en las que nos comunicamos actualmente se articulan de maneras diversas, a través de medios que también son diversos, con implicancias diferentes y a la vez similares para cada persona y lugar.
Esta serie de relatos breves surge a partir de experiencias propias o ajenas y reflejan vivencias y situaciones que podemos vivir o padecer, según sea el caso. Los personajes de cada historia podemos ser vos o yo, cualquiera de nosotros; son historias de conexiones y desconexiones varias y hacen hincapié en la forma que hoy nos relacionamos en el ciberespacio.
La intención de esta columna, que se presenta en Red Galería a modo de lectura de verano, es generar un espacio para entretenerse, identificarse y por qué no, reflexionar.
V. Extraterritorial
Su país no le brindó la oportunidad de quedarse; o no la supo encontrar, no lo sabe muy bien aún. Se había ido hace unos años, dejando atrás su historia personal, su familia, el barrio, amigos de la escuela y de la vida y algún amor que se estaba iniciando y no resistió la distancia; partió a conquistar un sitio en el mundo.
Encontró en otro lugar el espacio donde comenzar a desplegarse y generar el propio camino - tanto como se puede en un país que no era el suyo- pero es tenaz y siguió adelante. Acudieron a su encuentro diferentes sensaciones, pequeños triunfos, sinsabores varios, alegrías intermitentes, nuevas amistades, relaciones laborales y se fue construyendo desde otro lado.
El tiempo corre, transita, circula, desfila… no hay forma de detenerlo, la cotidianeidad tampoco deja demasiados espacios para pensar en ello. Los fines de semana discurrían parsimoniosamente como el andar de una tortuga, se abstraía en reflexiones y espacios poco explorados de sí, que no estaba muy seguro de querer reconocer.
Por momentos, la nostalgia lo teñía casi todo, decidió adjudicarle un color a esa compañía y pensó:
Si la nostalgia tuviese un color ¿qué color sería?, se debatía entre el azulino y el sepia, mientras exhalaba volutas de espesa blancura que trepaban hacia el cielorraso desde su sofá.
Durante esos eternos fines de semana, se dedicó a conocer la ciudad que lo había adoptado, tarea de la que se ocupó en el transcurso del primer mes y medio… Entretenía sus horas escribiendo extensos correos –que a veces ni siquiera enviaba- a familiares y amigos, que alternativamente respondían con un:
¡Qué bueno recibir noticias tuyas!!
Eso, sazonado con algún dato relacionado con la domesticidad del momento en que se encontraban al escribir dicha esquela.
En una de sus habituales sesiones de correo, una compañera del colegio le envió una invitación a unirse a una red social y así experimentar las mieles del reencuentro. La invitación lo sorprendió, hacía años que no hablaban, que no sabía nada de ella o de algunos de sus compañeros y decidió surcar esas aguas.
Aceptó la invitación y ocupó un espacio en el sitio, buscó una foto para identificarse: ¿Qué foto pondría? ¿Con quiénes se encontraría?
No tenía idea cómo presentarse o qué contar de sí:
¿Joven profesional auto-expatriado?
¿Interlocutor subsumido en la extraterritorialidad?
Qué objeto tiene exhibirse on line –se preguntó-, mostrar imágenes de la vida personal, a quién podía interesarle.
Fabricó su perfil para la ocasión y vislumbró que, a mucha gente le interesa –vaya a saber por qué razón- sus compañeros del colegio, del secundario, de la facultad, estaban allí; observó que algunas personas mostraban penosas fotos mal encuadradas de escenas familiares, otros exhibían imágenes cuidadas al extremo, algunos contaban sus proyectos profesionales y otros/as notoriamente buscaban alguien con quien curtir…
Buscó gente que conocía, se dedicó a fisgonear…
Algunos de sus contactos, eran completos extraños a quienes no recordaba en absoluto. Escribían acerca de niñerías que habían sucedido en épocas escolares, recordaban nombres de personas que él ni siquiera había registrado en su momento, publicaron su lamentable cara de ebrio de la fiesta de egresados e infinidad de situaciones surgían con cada nueva adhesión.
Qué decir de sí, los comentarios recorrían ida y vuelta a lo largo y ancho del ciberespacio, se enredó entonces en un flashback y de nuevo en caída libre hacia el presente.
Comentaría con este grupo de ciberamigos que se fue escapando de una realidad imposible; que se encontraba sólo; que había dedicado un buen tiempo de su vida a un trabajo que terminó fagocitándolo, quemándole el alma.
De qué hablar con esa supuesta novia del secundario… esa, la de antes de asumirse gay, creyó estar más confundido que antes…
Quedó atrapado en un traveling, un recorrido que todo lo abarca en unos pocos segundos, en un abrir y cerrar de ojos, como en una película, una, en la que vagamente recordaba haber participado hasta ese preciso momento.
IV. Bifurcaciones
Ambas vidas se bifurcaron, por esas cosas que suceden, no dio para más y cada uno tomó su propio camino.
Él no pudo soportar enterarse que había sido engañado, la violencia ganaba un lugar preponderante a través de vías y acciones inesperadas.
Ella no había podido con la culpa que le provocaba herirlo, experimentó la sensación de querer subsanar las cosas, explicarle lo sucedido, pero era demasiado tarde… la situación extrema a la que se vio expuesta la paralizó, nunca antes había conocido su costado impulsivo.
Se convirtieron de un golpe, en dos desconocidos con un –lejano- pasado en común.
A su vez, cada quien, desarrolló su carrera y actividades en ámbitos análogos, aún así, el destino no volvió a cruzarlos y el tiempo como sucesión secuencial, dio lugar al advenimiento del olvido, si bien perduró para ambos algún rasgo efímero de aquellos tiempos juntos.
El espacio temporal había discurrido extenso, lento; cada quien continuó experimentando nuevas relaciones, amistades, afectos, edificando el propio destino.
Ambos palparon la vida del otro encontrando vagas referencias, sin embargo ninguno de los dos trató de contactarse, todo lo sucedido resultó desmesurado… habían arribado a la conclusión de que no valía la pena echar por tierra la actual situación que tanto les había costado cimentar.
En una oportunidad, él la encontró en un site amigo; ella utilizaba un seudónimo… FlamingoGirl y descubrió, sin temor a equivocarse que era ella. Pensó en contactarla, pero desistió casi instantáneamente, él no había sido gentil y en respuesta a su deslealtad, había actuado de una manera, que ahora a la distancia reconocía como despreciable.
Lo pensó por un instante y ante la imperturbabilidad que da el anonimato concluyó que no tenía nada que perder.
Bajo la identidad de Eternauta, le escribió una pequeña esquela, ella, pensó en no contestar aunque finalmente lo hizo:
E: Tu nick me hace gracia, por qué Flamingo…?
FG: Quizá sea porque utilicé una linda foto con flamencos a modo de avatar!!!!-respondió irónica-.
E: Lo supuse, pero… a que responde, imagino una chica estilo Las Vegas, ja!!
FG: No, no, nada de eso.
Es por una serie de fotos que hice de un grupo enorme de flamencos habían llamado mi atención… soy una observadora de…
E: Ahh, te gusta observar!
FG: Sí. Este espacio es para mí un observatorio sobre el despliegue conceptual en las comunicaciones escritas
E: Ahora fuera de bromas, me parece interesante, contame más…
Las líneas de texto se extendieron, dando espacio a la posibilidad de encontrarse, la excusa: realizar un trabajo en colaboración.
La situación contó con cierta renuencia por parte de ella, que luego aceptó y propuso el punto de encuentro. Eligió un lugar público, para sentirse protegida, no estaba acostumbrada a las reuniones a ciegas, el lugar elegido fue un café ubicado en la planta baja de un centro cultural.
Le pidió alguna referencia para poder identificarlo, a lo que él respondió imprecisamente, dado que, sabía bien quien era ella.
La referencia para el encuentro fue que él llegaría puntual al lugar previsto y esperaría en un lugar con vista a la calle dejando sobre la mesa un ejemplar fácilmente identificable, en la tapa, la mirada artística de Breccia en su versión del Eternauta.
Cuando se vieron, cierta tensión recorrió el aire. Él, la invitó a acompañarlo y café por medio, le confesó que, de haber revelado su identidad desde el principio, ella seguramente, no hubiese asistido al encuentro; que en los últimos meses, había sentido una necesidad irrefrenable de verla, sin saber muy bien por qué. Ambos reconocieron algún rasgo del pasado en el otro, ahora eran dos personas distintas….
El fluir de la charla diluyó la tensión inicial, reavivando la pulsión sexual entre ambos hasta que decidieron salir del bar y continuar en otro lugar, ceder completamente a esa misma pulsión que, una tarde – demasiados años atrás- los había arrebatado por primera vez en medio de la calle contra el paredón de un club de barrio y que concluyó en un derrotero febril hasta llegar a su cuarto…
La imagen era como un deja vú, no obstante presentaba algunas variaciones, ahora, el barrio era otro, el paredón también.
El rozó sus hombros levemente y ella sintió que todo su cuerpo se erizaba experimentando la sensación de recordar nuevamente la textura de las yemas de sus dedos en la piel, su olor y acercando sus labios a los de él, sus lenguas se entrelazaron abrasadoras, ambos se fundieron en un encuentro furtivo, lascivo, palpable, evidente, con cierto pulso nostálgico que ninguno confesó y que más tarde acabó… en un silencio indescriptible, similar acaso al que se eternizó en el Chat.
Ante el infinito silente, ella le devolvió la gentileza con la misma obsesión atormentada con la que había terminado todo tiempo atrás.
III. El tiempo de Siouxsie
La intrascendencia de las acciones que desarrollaba a diario impregnaba su vida de manera poderosa, tanto hasta sentir que estaba llegando a un grado extremo, demasiado… entre la depresión y la locura.
Su esposo pasaba largas horas en la empresa familiar, sus hijos eran ya grandes, transitaban esa edad en la que no está bueno ser vistos en compañía de sus progenitores.
Su única distracción era ir al club y relacionarse con mujeres de su edad y posición social, donde todo -por supuesto- estaba espléndido! Acudía a sus clases de tenis y luego se reunía con sus amigas en la cafetería a conversar o jugar canasta, una cita obligada una o dos veces a la semana.
Esa tarde, una de sus amigas comentó que Maite –que no pertenecía al grupo- se había vinculado con un hombre por Internet y estaba enganchadísima! Variopintos fueron los comentarios al oír tamaña insensatez: cómo una mujer de su edad y posición frecuentaba sitios de encuentros; alguna la justificó creyéndolo un entretenimiento pasajero o sin riesgos, dado que no los frecuentaba sino que se “relacionaban” virtualmente; otra, la más alarmista, se horrorizó de sólo pensar que el extraño podía secuestrarla, o vaya a saber qué cosa y otras… se jactaban de no lograr siquiera enchufar la computadora…
Dejaron el club y volvieron a sus casas, cada una con una reflexión distinta acerca de esa situación.
El tema se hizo frecuente en el grupo e iban notificándose en cada uno de sus encuentros de los avances del Maite´s affaire y se divertían con el tema, aunque ninguna confesaba la intriga que le producía el asunto, más allá de la relación de Maite con el caballero de la red.
Su vida quieta, la aburría, no tenía más obligaciones que asistir a compromisos sociales casi por obligación… nada la estimulaba demasiado. Tenía unos cincuenta años –como dirían sus amigas, muy bien llevados- el tenis y los cuidados en la piel y el cabello y por caso la genética, habían logrado conservar con naturalidad y brío su belleza; se había retirado de su profesión hacía unos años y ahora estaba arrepentida… de todos modos también se sentía retirada de la pasión, no obstante, la que a veces produce el trabajo…
Fue así que, en un momento de esos en que habituaba continuar algún libro, decidió encender la computadora que había en el escritorio, no sabía muy bien qué buscaba y navegando –y no por casualidad- se conectó con un sitio de encuentros por Chat. Pasaron algunos días y comenzó a buscar otros, seguía sin saber qué buscaba… quizá alguna estética que le resultase afín… era algo fuera de su espectro y necesitaba encontrar en el sitio algún vestigio de su personalidad para poder desplegarse.
Ella había transitado los ochentas experimentando la variedad de posibilidades que la década ofreció, toda la gama… Eso era algo que ni su familia, ni su selecto grupo de amigas sabían, era su pequeño secreto, y lo recordó justo en ese momento: Siouxsie, fue su álter ego en
Encontró un foro que llamó su atención -nada de corazones rojos levitantes o alusiones calientes- y se sumó a una conversación e intercambió ideas con los participantes. La conversación rondaba entre la música y el cine, nada superlativo… aunque entretenido, distinto a otros momentos de soledad.
Siouxsie siguió participando del foro y así desmigajaba algunos atardeceres, en el transcurso de una de esas tardes la dialéctica de alguien, cuyo nick-name era Ink Master, logró captar su atención más de la cuenta, se dio entre ellos una conexión intelectual y generacional que la cautivó, sus palabras fluían sin dejos forzados ni posturas prefabricadas.
Los encuentros en el foro se sucedieron tarde a tarde, casi como cita obligada, hasta que ambos decidieron conversar en Chat cerrado. Ink Master se le presentaba como un tipo bien interesante, de gustos sofisticados, que había recorrido lugares recónditos del planeta y que siempre tenía una anécdota que contar. Habían decidido no hablar de sus relaciones personales y sí, de sus gustos, experiencias juveniles, profesiones y viajes.
Las reuniones en el Chat habían comenzado a sucederse con mayor frecuencia; durante una de las sesiones, le confesó su necesidad de encontrarse con ella físicamente….Algo que sonaba un tanto improbable y a la vez insinuante: ¿Un encuentro físico o en un lugar físico…? -pensó para sí-. Siouxsie, no pudo –o no quiso- confesarse comprometida, optó por hacer caso omiso a la propuesta dejando su respuesta en suspenso…
Sus amigas del club notaron algunos cambios, se sentía radiante; curiosas indagaron acerca de algún nuevo tratamiento de estética, a lo que ella contestaba cortésmente, que estaba igual que siempre.
Esos encuentros, se habían convertido en una inyección vital, sensual, la habían devuelto a la vida, habían hecho aflorar un halo de pasión que no recordaba que traía consigo y estaba dispuesta a continuar con ese tratamiento…y recuperar el tiempo perdido.
II. Estado: ausente / La vida de los otros
Llegó a la oficina temprano, con un ramo de gerberas rojo intenso, las necesitaba a su alrededor para encarar su día en ese gélido espacio que, afortunadamente, tenía vista a un pequeño patio interior. Las jornadas de trabajo en esa fecha del año se tornaban agotadoras, tenía que cerrar varios temas contractuales del personal, revisar cuestiones con su jefe relacionadas a traslado de material a la embajada y coordinar un evento de cierre del año, como cereza de un postre imposible de deglutir.
Estaba chequeando su correo electrónico y respondiendo cientos de pendientes que había dejado a la espera de resoluciones. No advirtió que su msn había quedado abierto y comenzaron a entrar mensajes de su amiga Juana.
Para Juana, la época del año no significaba un escollo, la sociedad de profesionales para la que trabajaba, había concluido prácticamente sus actividades de rutina y sólo era cuestión de recibir alguna que otra consulta o solicitud con bastante hastío de su parte.
Tenía la compulsión por estar comunicada… se conectaba y agobiaba a toda su lista de contactos por igual. Sus cuestionamientos e intromisiones eran inoportunos e incesantes, sobretodo en cuanto se referían a personas con las que ella trabajaba. Se conectaba y sin consultar si, del otro lado, se vivía alguna situación compleja o comprometida, desplegaba toda su artillería de sarcasmos y guarradas. Su lenguaje jocoso, se presentaba a veces divertido y otras irritante…
Juana es un personaje singular, de pocos matices, esto era el resultado de una vida conflictuada que la había llevado a convertirse en alguien que vivía a través de la vida de los otros, seguía los capítulos a fuerza de preguntar, escarbar y sacar sus propias conclusiones, generalmente apresuradas, como si se tratase de una soap opera…
Sus frustraciones personales la llevaban a comprar compulsivamente artículos superfluos, y la resultante de sus excesos eran sus posteriores comentarios acerca de lo abultado de sus cuentas.
Por supuesto, tenía su costado amable y era una oreja siempre dispuesta en caso de imperiosa necesidad… aunque era ese costado hostigador lo que prevalecía.
No es que en el msn uno tenga que tratar temas profundos o inquietudes intelectuales, pero hay límites para todo y si Juana no los ponía, alguien debía hacerlo. No necesitaba comunicarse a cada instante con ella, había comenzado a bloquear su contacto y en oportunidades aceptaba algún que otro contacto suyo sólo por cortesía.
Como hacía cotidianamente al conectarse, intentó vincularse con las personas de su lista y observó que curiosamente y por completo el extenso listado rezaba: ausente, en reunión, en horario de almuerzo, etc., etc.
En apariencia, nadie había querido ser contactado o era una enorme casualidad… aunque Juana no recaló en la posibilidad de que todos los demás no habían querido estar disponibles, eso no entraba dentro de su espectro de posibilidades…
El fin de semana ambas se encontraron a tomar un café y allí fue que Juana realizó un comentario acerca de lo ocupados que habían estado todos últimamente; ante el cual, ella recordó las palabras citadas en un libro que había leído recientemente, escritas por Cortázar en su Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda a un reloj…
“Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías… Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa… No te regalan un reloj, tu eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj”.
No pudo más que trasladar esa situación al presente, a las formas múltiples de “encontrarse”, de conectarse, el estar pendientes de si los demás lo están, atados como la correa de ese reloj a la muñeca… y concluir que, cuando la ocasión lo permite, es bueno estar ausente, desconectado.

I. Los Ojos
Las madrugadas la encontraron navegando interminables horas en busca de información que debía clasificar, los contenidos de red poseen esa característica, la falta de clasificación, por tanto el caudal de información que manipulaba debida ser leído y releído varias veces. Ella trabajaba en una investigación sobre sitios web. La red es un espacio de visibilidad por excelencia para todo tipo de expresiones que aloja en sus intersticios, producciones diversas y exhibicionismos varios, en ocasiones perversos… Sus ojos estaban exhaustos pero debía concluir con la investigación.
Una de esas noches, ya agotada de surfear en los sitios, comenzó a indagar acerca de algunas personalidades del medio del arte para el cual estaba trabajando, por medio de un buscador global. No recordó el nombre completo de una de ellas, no lo había anotado debidamente, razón por la cual se presentaba un pequeño inconveniente que debía solucionar.
Emprendió entonces una búsqueda a través de un apellido, cuestión imposible, si las hay; para su sorpresa, un encuentro con el pasado la tomó por asalto, un amor de antaño… una marca permanente en su cuerpo se hacía presente a través de
Los recuerdos comenzaron a correr por su cabeza como la secuencia de un film; siempre había pensado que, con el tiempo, él abandonaría su antiguo rencor y se saludarían como viejos amigos. Había albergado en su fuero íntimo la fantasía de cómo sería ese encuentro… en qué terminaría, en un tibio saludo cordial, en una buena charla de café, o se atreverían e irían un poco más allá…
Un día cualquiera, ese encuentro ocurrió, unos años atrás -cuando ya había transcurrido mucho tiempo desde el final de su relación- cuando por casualidad, se vieron en una galería donde ella trabajaba; sintió que unos oscuros ojos la penetraban, no lo reconoció enseguida y manteniendo la vista pudo observar cómo la oscuridad de esos ojos se trasladaba al resto de su rostro en una mueca de odio… y ahora, esto…
Tuvo curiosidad, comenzó a indagar, link por link, imagen por imagen, tratando de saber qué había sucedido durante el tiempo que no habían pasado juntos.
Las mega-redes sociales que contienen galerías de fotografía personal, eran espacios que nunca antes habían llamado su atención. Comprendió ahora, que se constituyen en espacios donde despuntar una obsesión vouyerista que quizá, todos tengamos dentro y no nos animamos a exteriorizar, a confesar…
Estaba un tanto consternada, no podía entender por qué la situación la había sacado de su encuadre, y había abandonado momentáneamente su trabajo
Descubrió en el trabajo profesional expuesto en su website al artista que ella misma había alentado en sus primeros trabajos muchísimo tiempo atrás y quiso saber y ver más…
Siguió buceando en sus links y una imagen llamó poderosamente su atención –aunque no supo bien por qué- la tomó prestada de la web para conservarla y observarla más tarde.
La imagen, una fotografía recortada de un par de enormes ojos apoyada sobre la mirilla de una antigua puerta, en tonos sepias, se presentaba misteriosa… en principio, no supo que la atrapó de esa foto, tampoco entendió su mensaje, pero le pareció poética.
Decidió continuar con su trabajo al día siguiente, apagó la computadora y se fue a descansar.
Cuando retomó su actividad, encendió la computadora y volvió a la clasificación de escritos que había dejado pendiente; recordó la fotografía que había bajado de Internet el día anterior, abrió el editor de imágenes y la observó un instante, era inquietante…
La observó con detenimiento, algo le era familiar en la foto, la amplió un poco más y… no sin sorpresa, pudo reconocerse en ella, eran sus propios ojos, ahora fragmentados de su rostro, esos mismos ojos verdes que a él tanto lo enamoraron. La imagen había sido publicada exactamente un año antes de su actual hallazgo. ¿Qué significaba? ¿Cuál era la intención de publicar esa imagen junto a otras de su vida actual?
Quiso entender, e intentó contactarse con él… pero refrenó ese primer impulso manteniéndose alejada del tema unos cuantos días.
Cuando no pudo contenerse más, redactó un mensaje y lo envió por correo electrónico con una excusa cualquiera a la dirección que figuraba en la página.
Los días pasaron y no recibió respuesta alguna; sus ojos, esos que él tanto había venerado, dejaron caer algunas lágrimas frente al monitor y ella entendió que, del mismo modo en que nuevamente había entrado en su vida, debía dejarlo ir, para siempre….
Elizabeth Torres
Su tesis,
Formó parte del equipo de Fundación Proa por más de diez años donde se capacitó con prestigiosos curadores nacionales e internacionales y estuvo a cargo del Área de Público, el Dto. de Publicaciones y Educación.
Actualmente se desempeña como asesora y curadora independiente para proyectos culturales alternativos y de empresas.
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